Concursos Literarios ZELER-KRAUT “VIVENCIAS”
III Edición 2014
Primer Premio
EL FLOTADOR
Susana Beatriz Moyano
Cuando cumplí cinco años, el abuelo me compró un flotador. Me lo regaló
cuando estábamos en la ciudad, en la casa de calle Rioja. Desinflado y doblado, no parecía un obsequio demasiado lujoso,
entonces. Levantó la mano y señaló hacia
un punto, creo que hacia el norte: –Esto
es para el río- dijo y fue como si
abriera una ventana por donde pude espiar mis futuras vacaciones.
Lo usé un tiempo después, en el
río de La Calera. Transité, tantas veces, el camino abrazado por la sombra de los olivos y los plátanos, por los perfumes y los rumores húmedos, hacia La Olla, abrazada al flotador.
En el verano, nos mudábamos al pueblo serrano, con equipaje suficiente para afincarnos allí
para siempre. En un camión repleto con camas, heladeras, cocinas, cacerolas, desplazábamos
nuestras vidas urbanas, nuestras rutinas
de cemento y hollín hasta las calles de tierra, la posibilidad de ver el
horizonte, el aroma intenso de la peperina,
el poleo y la ensalada con berro cosechado
en la ribera de los arroyos. Me quitaba
las costumbres de ciudad y me las ponía
dos meses después, para el regreso. Cruzaba puentes, recorría sendas, mi piel se curtía,
se volvía áspera y oscura y los callos
se engrosaban. Recuerdo que al
atardecer las chicharras iniciaban su canto, primero suavecito y luego cada vez
más fuerte, más fuerte hasta que la bulla nos aturdía. Si no hubiera sido por esa
serenata, la imagen en mi memoria sería la de los cascarones que encontrábamos
y la explicación de mamá: –Es el vestido
viejo de las chicharras-, yo sentía
tristeza, no me parecía sólo un ropaje sino pedazos de sus cuerpos que
abandonaban por todos lados. Su canto me permitía saber que estaban vivas
aunque no las viera, aunque se desarmaran de a poco.
Era el verano de 1958 y el Tatata me había regalado un flotador, tenía forma de cisne y era
blanco. Todos los días, me lo colocaba en la cintura antes de salir hacia el río y recorría el
camino techado por los árboles, sosteniendo el flotador con las dos
manos como si fuera indispensable también para avanzar en el aire.
La Calera no era un pueblo turístico, su clima extremadamente
seco, la abundancia de cal lo signaron como
lugar propicio para la recuperación de
tuberculosos y, a pesar de los antibióticos y las curas exitosas, parecía que en el imaginario de los turistas
sobrevivían las imágenes de las
reposeras bajo el sol, los ojos hundidos y las pieles transparentes. Pocos viajeros elegían el lugar para sus vacaciones y esa circunstancia tenía
malas consecuencias económicas para los lugareños pero le otorgaba al pueblo un aspecto
desaliñado, agreste y espontáneo.
Allí fui exploradora, pobladora honoraria, aspirante a
silfo, perseguidora de tesoros y propietaria de un flotador. Cuando llegaba al
río, como ya tenía el flotador alrededor de la cintura y , por los vidrios, me obligaban a usar zapatillas, lo único que hacía era seguir la inercia y entrar.
– Aquí donde está bajito y te veo – gritaba mamá, mientras
trataba de convencer a mi hermana, que odiaba el baño helado, para que se
mojara la cabeza: –Te vas a insolar Anita-, y la cara de Anita estaba roja,
roja por el calor y por la ira de no ser respetada en sus preferencias. Yo
avanzaba. Algunos días el agua era translúcida, limpia, podía ver las piedritas
del fondo mientras las pateaba y
caminaba y pateaba piedras y caminaba, siempre sosteniendo con las manos el
flotador. En ocasiones, no se veía el fondo y el río arrastraba ramas y hojas, entonces debía hacer el doble de
esfuerzo para mantener el equilibrio, avanzar,
no tropezar y aferrar el
flotador con las dos manos, como
siempre. Durante esa temporada, el flotador fue casi una mascota, tenía que cuidarlo, sacarlo a pasear, evitar
que se lo llevara el rio, mojarlo para
que no se insolara como le pasaba a Anita cuando se le resecaba el pelo. No advertí que podía levantar los pies del
suelo y dejarme arrastrar. No me
proporcionaron instrucciones para usarlo, no vino con un manual y si lo hubiera
tenido yo aun no sabía leer. Qué curiosa la forma del abuelo de entregarme su regalo, sin consejos,
sin indicaciones, no sé si lo
planificó o si fue un descuido
pero dejó que recorriera el larguísimo
camino del descubrimiento personal. Me regaló tanta libertad que casi pierdo la oportunidad de utilizarla. El Tatata
era así, respetuoso y distante, presente y distante, poderoso y distante. Un
día, creo que fue durante el verano siguiente, no sé de qué manera (mi memoria es un lobo feroz que todo lo
devora), encontré la función del
flotador: él debía sostenerme a mí y no
yo a él. En esa ocasión encontré la ruta de la utilidad, aunque tardé bastante. Después, ya adulta y buena
lectora de instrucciones, siempre me costó abrir los envases, descubrir los botones que
ponían a funcionar los electrodomésticos,
entrar o salir de algunos sitios señalizados. Siempre me resultaron herméticos y complicados los supuestos del sentido común.
¿Cuántas veces habré desaprovechado
las virtudes de lo que me rodeaba, en cuántas oportunidades caminé ríos, sostuve flotadores, cuidé a quién debía
evitar que me hundiera , que naufragara, llevando en los hombros mi barco,
mientras me perdía el goce de flotar, de levantar los pies del fondo pedregoso para que
sólo me guiara el devenir de alguna
corriente?
SEGUNDO
PREMIO
La
estación de trenes
Silvia Perassi
8 de febrero de 1987
Me senté frente al andén a esperar
que el tren se detuviera. Hacía más de treinta años que volvía siempre a ese lugar
porque sólo en la estación podía sentir que mi cuerpo y mi pensamiento
encontraban algo de paz. Mejor dicho, sólo en esos momentos me he sentido vivo
y el resto del tiempo hice un gran esfuerzo por parecerlo.
Era tanto el calor de la siesta de
ese febrero que me quedé dormido.
“Me vi corriendo el tren a toda
carrera, por momentos mi hermano me ganaba. Vi su cara alegre, los pelos al
viento, los dos corriendo hasta quedar exhaustos. Escuché su voz molesta,
provocadora: ¡Dale, apuráte, nos va a ganar el tren!”
Me desperté respirando fuerte,
agitado, me faltaba el aire. Pero sonreí: había escuchado el sonido de su voz
joven. Tomé mi cabeza entre las manos, como queriendo capturarlo para que no escapara
otra vez.
28 de febrero de 1956
En mi
infancia casi todos los días nos juntábamos a vagabundear a la hora de la
siesta. Lo hacíamos después de terminar las tareas del colegio. A veces íbamos
al descampado de las vías y jugábamos un picadito si conseguíamos juntarnos
seis o siete. No era tan difícil: en el barrio vivían varias familias de
obreros con muchos hijos. Sin embargo, cuando no se armaba un partido, nadie se
aburría.
En esos días subíamos a la pasarela
y esperábamos que pasara el tren para sentir la vibración del cemento en los
pies. Sino, lo corríamos hasta que el tren salía del pueblo. Si conseguíamos ir
más rápido que la máquina, volvíamos victoriosos y sin aliento.
Más adelante empezamos a jugar otro
juego que habíamos visto hacer a unos chicos que ya no iban más, porque estaban
noviando por otro lado. Era un juego de cierto riesgo. Consistía en esperar que
llegara el tren de carga y cuando estaba bajo la pasarela, saltábamos dentro
del vagón de cereales para viajar de polizontes. Martín, mi hermano, ya lo
había hecho varias veces. Era el más arriesgado y el más hábil de todos. Un
campeón. Yo estaba orgulloso de ser su hermano, y nunca probé tirarme. No he
sido celoso de Martín y menos se me ocurría competir con él en ese juego. Algunos
pensaban que yo era miedoso… ¡allá ellos!
Ese día, el 8 de febrero de 1955, fuimos
a la estación.
Martín tenía 15 años y hacía una
semana había ido a su primer baile a Leones, a la Fiesta Nacional del Trigo. Desde
aquel acontecimiento tenía la cabeza dada vuelta. Dijo que conoció a una chica
de ojos grandes que era hermosa. También dijo que se dieron un beso y que ella
dejó que la acompañara a su casa. Pensé que eso lo había trastornado. Yo era
más chico que él y un roce de dos bocas desconocidas me parecía una cosa
inmunda.
Aquel día de febrero, cuando Martín nos
hizo subir a la pasarela, tenía la intención de ir a verla tirándose desde ahí
a un vagón del tren. “Voy a caerle de sorpresa”, me dijo al pasar y a mí no me
pareció nada del otro mundo, sin embargo me cambió la cara. Luego pensé cuántas
veces Martín había viajado así; una vez más no debía inquietarme. El tren iba
despacio cada vez que llegaba a un pueblo. Eso le daría tiempo para saltar del
vagón.
Martín, Lucas –que era un amigo de
los dos- y yo, esperamos el tren en la pasarela, charlando de cosas de la vida,
sin tema fijo. Sólo recuerdo que Martín estaba inquieto, se movía demasiado. No
era miedo -él no tenía miedo de nada- era pura adrenalina y hormonas corriendo por
sus venas.
Le pidió a Lucas que saltara con él,
que lo acompañara; pero Lucas dijo que no. Quería quedarse a jugar al fútbol y
además ese día su madre tenía franco. Si se le ocurría venir a buscarlo y no lo
encontraba se le iba a armar lío. La madre de Lucas era una mujer bastante
enérgica.
El tren llegó, Martín hizo el cálculo
y saltó adentro del vagón.
- ¡Vuelvo en el de las siete! ¡No les
digas a los viejos! -gritó.
- No sé porqué me lo aclara. Yo ya
sé que si se enteran nos matan- murmuré dirigiéndome a Lucas.
- Es que ahora tiene que ocultar
algo más: tiene novia- me dijo él.
- ¡Qué va a ser la novia, si la vio
una sola vez!- le respondí casi con bronca.
Martín, que se hundía en los granos del
cereal, se agarró del borde para saludarnos. Levantó su mano y dio un grito de
felicidad. Con Lucas nos fuimos a jugar. Sabíamos donde reunirnos con él a las
siete.
Llegamos como media hora antes. El
tren iba despacio, además era un tren corto. De un vistazo lo abarcábamos todo.
Miramos una y otra vez. No vimos saltar a Martín. Corrí a decirle al guarda-barreras
lo que había pasado. Con lo que le conté se enojó mucho, pero después accedió a
hacer señas con la bandera hasta que el tren se detuvo. Revisamos cada vagón.
Lucas se trepaba a uno y yo a otro. Gritábamos su nombre. Nada. Martín no
apareció por ninguna parte. Pensamos que quizás se había quedado un rato más
con Laura y que el tren se le pasó. Nos fuimos de la estación sin dejar de
mirar hacia todas partes por si aparecía.
Fue necesario contarles a mis
padres. Mi madre desesperó. No hacía más que llorar. Decidieron viajar a
Leones. Lucas fue con nosotros porque él sabía dónde era la casa de Laura.
Tocamos el timbre, hablamos con ella. Dijo que a Martín no lo había visto desde
el baile. Le pedimos que fuera sincera y le explicamos la situación. Pero ella
juró que decía la verdad. Dimos aviso a la policía.
Se inició una búsqueda que duró
días, semanas, meses. Se movilizaron los bomberos, la gente del campo, el
intendente. Yo, por mi parte, fui todos los días a la estación de trenes con la
esperanza de verlo de nuevo. Sentía culpa de haberlo dejado ir. A veces, Lucas
me acompañaba. Él también se reprochaba no haber saltado ese día.
21 de junio de 2014
Hace casi sesenta años de aquel
fatídico día de febrero. Fue mi primera experiencia de pérdida, demasiado
temprana en mi vida y por otra parte, demasiado larga. Esa vez que lo soñé
vivo, fue un momento reparador que me acompañó un tiempo. Después, la imagen
del sueño se volvió borrosa y me costó recuperar el sonido de la voz de Martín.
Nunca supimos qué pasó. Fue un misterio. Algunos cosecheros decían que el
fantasma de mi hermano se les aparecía en los días de calor. No creo en esas
cosas, aunque ellos me aseguraron que era verdad.
Viví toda una vida aferrado al deseo
de recuperarlo. Qué difícil ha sido para mí renunciar a eso. No he podido. Y
ahora, en mi vejez, sólo me alienta pensar que falta poco para que, corriendo
juntos, volvamos a creernos tan veloces como aquellos trenes.
TERCER PREMIO
Cábalas
Marcos Funes Peralta
Aquel tibio mediodía de martes y por primera vez en el
año, frente a la salida del colegio me esperaba mi madre. Con paso apurado avancé hacia ella imaginando
que algo muy grave debía haber sucedido para que mi padre, que me había llevado
a la mañana como de costumbre, no estuviera allí, contemplando el éxodo diario
de estudiantes y profesores ávidos de un almuerzo reparador.
— Papá está bien — dijo mi madre al verme. — Tuvo que irse al campo.
Respondí con un "ah" lo suficientemente largo
como para darle la certeza de que su explicación me bastaba, aunque no tanto
como para que pudiera interpretar un acto de insolencia. "Tuvo
que irse", dijo. Era, entonces,
una obligación ineludible.
Mi padre se ocupaba del mantenimiento de un deteriorado
sistema eléctrico en la finca de un porteño al que jamás tratábamos de usted. Añoraba una carrera inconclusa en la facultad
de agronomía y gustaba de viajar hasta aquel oasis en medio de la nada porque soñaba
con un futuro propio en un lugar como ese.
Yo no tenía razones para desconfiar de que, por caso, una osada comadreja
hubiera metido las garras en algún tomacorriente, pero me inquietaba una
cuestión que —mucho tiempo
después comprendí— poco tenía
que ver con la superstición.
— ¿Va a
volver para la hora del partido? —
pregunté a mi madre camino a casa.
— No sé,
mi amor. No me dijo nada.
Mi padre y yo habíamos visto todos los partidos de la
fase de grupos siguiendo, con estricta precisión, las instancias de un ritual
tan obligatorio como inútil. En primer
lugar, la vestimenta: mi padre usaba una
camiseta del 78, recubierta casi uniformemente del tinte amarillento que dan
los años y que se había expandido lo suficiente para cubrir el cuerpo
voluminoso del hombre maduro que prefería no recordar aquel Mundial de la
ignominia; yo vestía una camiseta de mangas cortas, bien holgada y con un
cuello en "v" que dejaba de picar a los cinco minutos de roce con la
piel. En segundo lugar estaban las
provisiones: sin importar a qué hora se jugara el partido, la cocina debía
estar despejada al menos cuarenta minutos antes para que mi padre pudiera preparar
una olla de pochoclo que íbamos a terminar indefectiblemente durante el primer
tiempo; una vez frente al televisor, yo bebía jugo de naranja y mi padre
liquidaba una lata de cerveza, aunque el ritual también comandaba que si había
una jugada muy peligrosa cerca del área argentina, yo bebía un sorbo directo de
la lata para disipar, a once mil kilómetros de distancia, el riesgo de gol
(funcionó dos veces contra Japón y tres contra Croacia, créase o no). Por último, la ubicación: el sofá era
exclusivo para nosotros dos: mi padre a la derecha, más lejos de la puerta, y
yo a la izquierda, más cerca del teléfono.
Mi madre, en tanto, evitaba entrar a la sala de estar, y si lo hacía, no
se quedaba allí por mucho tiempo.
La tarde sobrevino más rápido que otros días. El almuerzo fue contundente, la siesta breve
y la tarea de Química tan tediosa que bien podría haber ocasionado una segunda
versión de la siesta.
Faltaba media hora para el inicio del partido y mi
padre no estaba en la cocina, silbando frente a la olla del pururú. Yo lo esperaba con mi jugo de naranja, mi
camiseta y mi devoción por el lado izquierdo del sofá, mientras en
Saint-Étienne una banda militar esbozaba los acordes del himno nacional coreado
por un público extasiado de verano mundialista.
Mi madre se asomó sosteniendo un vaso con gaseosa en la mano izquierda,
y en la cara una expresión inequívoca:
— Me
parece que hoy lo vas a tener que ver vos solo.
De pronto tuve una de esas ideas vertiginosas que aparecen
con mucha menos frecuencia que la necesaria.
Corrí hasta mi cuarto calculando cuánto tiempo tardarían el himno inglés
y el comentario preliminar sobre las alineaciones de los equipos. Allí, dentro de una caja forrada con papel
afiche, encontré una copia pirata de "El rey león", grabada en un VHS
de los que se compraban al mismo precio de un alquiler en el videoclub. Restaba menos de un minuto y era el único
cassette en toda la pieza: había que realizar el sacrificio. La leyenda "REC" en la pantalla
comenzó a titilar cuando el mundo veía la imagen de Ortega y Batistuta frente a
la pelota en el círculo central.
Aliviado, me senté en mi lugar de siempre.
Comenzó el partido.
Shearer erró el primer gol a los dos minutos y yo repliqué con un
insulto que pretendí ocultar en un alarido.
"Papá me pediría que me calle", imaginé divertido. A los cuatro minutos, el Burrito lanzó un
centro para Simeone que sobrepasó a la defensa inglesa y obligó al arquero a
salir directo a obstruirlo.
— ¡Penal! — grité un par de veces, — ¡Vamos Argentina!
Mi madre se asomó desde la cocina, sonrió y volvió a
evanescerse: sabía que una profanación del templo podía acarrear consecuencias
trágicas.
El árbitro dio la orden y la ejecución del Bati fue
implacable. Uno a cero.
No había transcurrido un minuto desde la reanudación
del juego cuando irrumpió el sonido del teléfono. Supe de inmediato quién llamaba.
— ¡Hola,
papá! ¿Estás viendo el partido? —
pregunté muy exaltado.
— Hola,
hijo. No lo puedo ver, acá no hay
electricidad. ¿Cómo van?
Su voz sonaba distante y carecía de su habitual firmeza
en el pronunciamiento de cada palabra. Durante algunos segundos hice silencio para
oír el ruido del campo donde había tenido
que viajar: percibí el mismo viento que azota los cementerios.
— Vamos
ganando — le respondí
finalmente, con vigor.
— ¿En serio?
¡Qué bueno! — dijo en un tono apagado. Su voz se perdía en una ráfaga de viento
abrumador. — Dame por favor con mamá antes de que se corte.
— Chau, papá.
Te grabo el partido. Nos vemos
más tarde.
Mi madre tomó la llamada en la cocina, pero yo no quise
oír lo que hablaban y tampoco quise interrumpir su conversación para decirles que
Inglaterra había empatado, también de penal, a dos minutos del gol argentino. Me recliné en mi sitio del sofá y me convencí
de que ya no había chances de pasar a cuartos.
Nunca supe de qué hablaron mis padres.
Los festejos en el centro comenzaron pocos segundos
después de que Roa le atajara el quinto penal a Batty, y se prolongaron por un
par de horas. Mi madre y yo volvimos a
casa temprano.
Sobre el lado derecho del sofá puse la remera del 78, y
en la mesita contigua me encargué de estuvieran el pururú y la cerveza. En la etiqueta del video, sobre el título "El
rey león" que yo mismo había escrito con mi caligrafía infantil, inscribí
con fibrón celeste un nuevo rótulo: "Argentina - Inglaterra. 30/06/1998". Y prolijamente apoyado sobre el televisor,
dejé el cassette rebobinado.
Aquella noche inolvidable de junio, me dormí deseando
que cuando yo despertara, mi padre estuviera viendo cómo les ganábamos a los
ingleses, igual que doce años y ocho días antes, cuando nací gritando el mejor
gol de todos los tiempos.
MENCIONES HONORÍFICAS
(Sin orden de mérito)
El Aprendiz
Blanca Estela Barrionuevo
Volvía de la escuela y en cuanto
colgué el delantal en mi cuarto, escuché esta conversación entre mis padres:
-¿Estás seguro José?
-Sí Julia, don Moncho me lo dijo.
Lo halló vendiéndole a Ochoa unos cabritos machos. ¿Qué otra prueba quieres?
-No puedo creerlo.
-Pues créelo Julia. Prepárale los
trapos que guarda aquí en la casa y basta. Ya hablé con Alejo y me dijo que
tiene un ahijado, guapito y decente, como debe ser.
-Qué pena. Me había encariñado con
Boni.
-Bonifacio- corrigió papá-. Ya es
bastante grande, va a cumplir dieciocho, señora.
Cuando papá la llamaba “señora”
daba por terminada la conversación.
Entré y saludé a mis padres.
Mamá comenzó a disponer la mesa,
mientras papá buscaba las copas.
-¿De qué hablaban?, pregunté.
-Nada nuevo, hija, ya lo veía
venir. El Bonifacio me robaba. Don Moncho lo halló haciendo tranzas con el
viejo Ochoa. Ya le dí su paga, como corresponde. No quiero en mi casa a un
ladrón. Vos sabes que yo viajo y tengo que saber con quién quedan tu madre y
vos.
-Bueno, ya basta José-, rogó mi
madre.
En ese momento entró mi abuelo.
-¿Cómo estás mi reina? ¿Bien?
-Sí abuelo, todo está bien-dije,
besando su rostro barbudo.
-¿Te sirvo María?
-No mamá, me duele la cabeza. Voy a
acostarme.
Delante de papá, no cabía la menor
pregunta con relación al hecho. Me miré al pasar en el espejo del baño, y me
hallé fea, fea y estúpida, llorando por un vago.
-El muchacho me ha pedido que lo
lleve hasta la estación de Macha-, dijo mi abuelo.
-¡A pie!-gritó papá-. ¡Que vaya a
pie!
-No José, con este calor. Yo lo
llevo en mi chata. ¿Qué me cuesta? Dejalo llevarse un buen recuerdo de la finca
María Julia.
Sentí que el abuelo hablaba para
mí, y decidí en el momento.
-¿Vas lejos abuelo? Yo necesito ir…
al coro de la parroquia…-El reloj del comedor marcaba las dos y media-… a las
tres.
-Bueno, yo te llevo.
-¿Con este sol María? Ponte algo en
la cabeza, hija.
-Bueno, mamá.
Salimos. Bonifacio escondió la
cara. Parecía más chico visto de cerca. Nos habíamos mirado siempre a la
distancia, sin hablar más que con las sonrisas.
La chata del abuelo se sacudía en
el camino polvoriento.
La blusa se me pegaba en la espalda
y sentía los dedos del muchacho en el borde del asiento, luchando con las ganas
de tocarme.
Anduvimos unas leguas en silencio,
mientras el motor ronroneaba perezoso.
Antes de lo esperado, alcanzamos a
oír la máquina.
-¡Apúrese don Alberto, me va a
hacer perder el tren, viejo é mierda!-, gritó Bonifacio.
-¡Atrevido y ladrón! ¡Bajate
charabón y corre que te conviene!- dijo mi abuelo mientras se tanteaba el
cinto.
El muchacho corrió lo que restaba
del camino con la energía de un gato montés.
El tren pasó por aquel sitio sin
paradas previstas, y con su hato de trapos, saltó muerto de risa, sin siquiera
mirarme.
Permanecimos mudos dentro de
aquella jaula que parecía incendiarse.
La vergüenza me quemaba, más que el
sol de la siesta impiadosa.
El humo del tren era una cinta
flotando en la llamarada del viento.
La figura del tren fue un
relámpago, y el cuerpo del muchacho una sombra en la boca de un dragón…
-Tome mi reina, para los ojos. El
pañuelo del alma lo guarda el tiempo…
La Timba, Ese Loco Berretín
María Noelia Clemente
Hacía tiempo que las noches de
Córdoba me resultaban insoportables, así que decidí salir de casa y caminar a
cualquier parte.
Pasaba en frente de bares de todo
tipo y ninguno me gustaba. En los del centro, los viejos iban a jugar al ajedrez y seguían esperando que
ENTEL les conectara la línea; otros que quedaban cerca pero no tanto, eran más
concurridos por los que estaban de paso: camioneros y viajantes con olor a sudor
y a látex; y el resto de los bares sobretodo en Cañada, destilaban modernismo:
demasiado trago y poca historia.
En una de esas caminatas nocturnas
por la peatonal, descubrí lo que después sería mi espectáculo favorito: un
lugar de juegos de apuestas o en vocabulario lunfo, garito. Estaba metido
en una galería de los años '60', donde rebalsaban oficinas de abogados y
contadores.
La primera vez que entré tuve un
sentimiento de enajenación y cierta mirada sospechosa de parte de los habitués,
que sólo giraban la cabeza para ver quién ingresaba. Decidí quedarme porque
siempre me gustaron los lugares donde puedan coincidir el aire acondicionado y
las debilidades del hombre.
Ese club de juego se encontraba en
un departamento grande de tres habitaciones, oscuro, con una barra que contenía
cerveza, vinos, whisky y bebida blanca tradicional. El piso era alfombrado y
una de las paredes estaba cubierta de punta a punta por una madera, seguro para
tapar una mancha de humedad. Había tres mesas de juego y predominaban las
apuestas al póker. Tenía pocos encargados: un guardia en la puerta, un
administrador y un barman. La empresa parecía familiar.
El que servía los tragos, tajante
opositor al gusto de apostar, miraba con cara de hartazgo.
Me senté en la barra con un vaso de
cerveza y liberé mi lado voyeur.
Los clientes llegaban muy bien vestidos, como a misa. Los hombres de
saco y corbata,
prolijamente peinados, luciendo
relojes de primeras marcas; y las mujeres con las muñecas y cuellos tan
iluminados que parecían las damas de beneficencia de los años '40'. El perfume
importado se filtraba con el olor a tabaco y era perceptible hasta en el baño,
unisex.
También iban a la tasca dos o tres
tipos que no jugaban, los prestamistas. Siempre sentados en mesas individuales,
tomando jerez y leyendo el diario; de vez en cuando relojeaban para ver cómo
iba la mano y después seguían con la lectura. Los que debían plata, los saludaban
con un gesto propio y los que no, con un guiño cómplice. Uno de ellos poseía
una casa de empeño, así que cuando no había teca se solucionaba por otro lado.
Esa noche fue la primera de muchas,
porque decidí seguir yendo. No me interesaba jugar, sólo quería mirarlos. Me
despertaban una curiosidad indefinible, una identificación que no comprendía.
Tenía el afán de conocerme a mí misma. Mi lado oscuro se peleaba con el
iluminado y eso me generaba un desasosiego que ahogaba. Sabía que en ese
tugurio iba a encontrar algo.
Ese no era un bar donde después de
unas copas todos se hacían amigos, era un lugar de apuestas, por lo tanto los
participantes no se mostraban simpáticos. Cualquiera era un potencial
contrincante; pero después de la quinta visita, mi presencia se hizo confiable.
Los observaba constantemente,
escuchaba sus conversaciones, prestaba atención a sus jugadas, los gestos que
acompañaban cada acción, todo.
Algunos, después de la derrota
bajaban la guardia y confesaban.
Contaban cómo
conquistaron a sus mujeres, las
enfermedades de la familia, el abandono de la pareja, el deseo de infidelidad,
la desdicha por la infidelidad; que sin dudas era la reina de las congojas.
Todo
transcurría con normalidad hasta después de la una de la mañana, pasada esa
hora, era común que ingresaran al bodegón los familiares damnificados por el
derroche de bienes de los apostadores. Por lo general eran las esposas. Se les
podía sentir la furia de lejos. Llegaban prendidas fuego.
El cliente más antiguo era un hombre
de unos 58 años, de cejas gruesas pero prolijas, que le aportaban un tono serio
y hosco. Siempre llevaba traje, y a pesar de la curda de las dos de la mañana,
la corbata seguía tan correcta como cuando se la puso para ir a trabajar. Ese
tipo no se movía de su silla ni para ir al baño, solo hacía un gesto con la
mano para pedir Campari.
Se mostraba ganador, pero perdía
siempre y cuando tenía un intervalo, aprovechaba para quejarse de lo fallutas
que son las mujeres. Repetía la histórica y trillada frase, “las minas son una
pero que otra”.
Recuerdo que un día llegó al sitio
su mujer, con el temple propio que da la costumbre de la mentira. Al hombre se
le transformó la cara, temblando le dijo:
-Hola Tere, juego una más y me voy,
hoy siento una buena racha, te lo juro.
-La última vez que sentiste una
buena racha hipotecaste la casa, así que vamos- le respondió tajante.
El hombre no se resistió, agachó la
cabeza, saludó a los camaradas y partió con su esposa. Lo remplazó otro que
esperaba hacía rato ocupar su lugar.
En otra mesa se jugaba al truco. El
más simpático se llamaba Cristóbal. Era de esos arrabaleros entrañables, el
Julio Sosa cordobés. Cuando terminaba el partido, se iba
estoico citando la célebre frase de
Niní Marshall :“Bueno muchachos, muy rico todo, fina la alfombra, lindo el
perrito, un amor tu marido, pero yo me las tomo”.
Su compañera de juego era Susana.
Mujer bien posicionada, de peinado savage y fiel al Martini seco: -Ya van doce
abriles que juego-, repetía orgullosa.
4
Era muy cambiante. A veces astuta,
otras arrebatada, pero siempre lúcida.
Al tercer partido y con unos cuantos
tragos encima, hablaba de su vida. Su marido era un hombre muy ocupado, que le
interesaba poco y nada las distracciones de su mujer. Se la notaba deliberadamente
sola, pero yo sentía que a esa soledad la envió su marido.
Como yo no participaba de la timba,
mi ubicación era siempre en la banqueta, al frente del mostrador. El tipo
mientras lavaba vasos, me miraba de reojo sin entender:
-Piba, ¿Vos por qué estas acá?
-Por curiosidad. Quiero saber qué
los trae al mundo de las apuestas.
Un poco más conforme me dijo:
-Mirá, acá la mayoría juega hace más
de veinte años y nadie es millonario. No ganan ni lo invertido, porque no lo
hacen por la plata, simplemente no pueden dejar de hacerlo, porque para ellos
es un berretín.
Fue la frase mágica que necesitaba.
Entendí por qué me atrapaban tanto esos trashumantes. Porque la estructura
mental de un timbero, o como les gusta decir a los especialistas, un ludópata,
es de un romanticismo inusual. Son personajes fallidos que detestan la realidad
y se escapan jugando, como los niños. Creen en la suerte con los ojos
desorbitados, porque pareciera que se avecina el batacazo y si no, habrá una
segunda oportunidad. Son eternos esperanzados, aferrados a la fe como a la vida
misma. Derrochan a sabiendas. En ese vicio hay algo más legendario que el
anarquismo.
Los garitos tiene mala prensa y eso
me alucina, porque lo miserable es inherente a mí. Son sitios de pasiones
privadas. Mi lugar esta ahí, en el piringundín de 9 de Julio y Rivadavia.
UNA ESPECIE DE
MERIENDA
Ismael Jorge
Origlia
Verano.
2001. Nos encontramos en la triste localidad de Adelia María, sobre la terraza desnuda
de un dúplex recién adquirido. Es domingo, y no sé que me molesta más, si el
regusto de la pasta pegado a las amígdalas, la visita innecesaria o el fogonazo
del sol en un costado del rostro. Supongo, es la mezcla de todo eso, sumado al
tono rojizo del embaldosado que incrementa la sensación de calor. “Deberíamos
estar adentro, viendo tele u hojeando una revista y tomando algo con hielo” pienso, pero no lo digo.
Y en vano me empeño en mirar el suelo y achinar los ojos para protegerme de la
resolana punzante y su triste hábito de amplificar cualquier resaca.
Una maceta de cemento con tierra muerta es
todo el adorno que hay. Mi tía termina de sentarse. La imitamos. Los sillones
son cuatro y son de hierro, anacrónicos, duros, pesados, pintados de blanco con
evidente descaro. Los almohadones en el respaldo y la base son de un amarillo tímido,
ya percudido, y son también duros (y ásperos), casi de castigo.
Insolente, mi tía, apoya su mano ortopédica
sobre la mesa de jardín, que es un círculo de vidrio sostenido por una
estructura de hierro (pintada también de blanco y con idéntico anhelo). Desencastra
el falso miembro del muñón apretando los labios y usando su mano buena, su
única mano, y con un rencor mínimo ahí
la deja, sobre el vidrio caliente y sucio de lluvia vieja que replica un sol fluctuante.
Recién acaban de disponer la mesa para merendar y la mano estéril, con la palma tersa y los dedos inertes apuntando
al cielo, como esperando una dádiva o sosteniendo la tarde espesa, queda al
costado de una platina de acero inoxidable donde reposan algunas masitas finas
con glaseado mitad rosa mitad blanco, apiladas, no estrictamente y con una sola
mano, en forma de pirámide. Yo inclino la cabeza buscando algo que sea de
chocolate. No hay.
-¿Qué buscás?- me pregunta mi tía.
-Nada- le digo.
-Me hace picar- nos dice.
-¿Qué?- pregunta mi madre.
-La mano- dice mi tía.
-Y, sacatela- la alienta mi madre, a pesar de que ya
lo hizo.- ¿Es cómoda?- pregunta.
-Y, no, pero para ir a misa o a hacer las compras me
sirve- dice mi tía, y le da una fuerte chupada al mate. Mi madre parece
ansiosa. Mira a los lados. Junta determinación. Finalmente habla:
-A ver- dice, y se incorpora y estira la mano hacía
la prótesis dibujando con su brazo un puente en arco sobre la mesa. Mi tía se
la termina de alcanzar. La prótesis pasa sobre la platina donde se apilan las
masitas finas y más tarde frente a mis ojos. Logro distinguir algunas escamas
de piel muerta, arqueadas, pegadas al borde del oscuro hueco donde estaciona el
muñón. (Me pregunto por qué no desvié la mirada si podía). Mi madre atrapa la
mano. Vuelve a sentarse. La acomoda en su regazo. La mira. La aprieta con
ganas. Después con rabia. La intenta doblar. La miro. Pienso en cuanto me
gustaría disuadirla de hacer eso. Ella levanta la cabeza:
-¿Dónde la compraron?- le pregunta a mi tía.
-¡En Italia!- responde enseguida, y se altera.
-Es dura. Yo pensé que era más esponjosa- dice mi
madre, y me mira buscando aprobación (está claramente sorprendida).
-Parece- dice mi tía.- Pero no, es dura- afirma, y durante
el trámite de alcanzarle un mate a mi madre me pregunta “cómo ando”. Es tendenciosa,
o viene con eufemismos. Estuve unos días en el Neuro. Recién salgo. “Vieja puta. Bien, por lo menos tengo las dos
manos”, pienso.
-Bien- le digo.
-Volviste al restorán- ni pregunta ni afirma.
-No.
-¿Te gustaba, ahí, a vos?
-No.
-¿Y la facu?
-No.
-Qué pena- dice.
-Una tragedia- digo, y la miro. Me mira. Sé que cree
que tengo cara de loca (ojos de loca en todo caso). Sacude la cabeza y mira
para otro lado. Después se mira la punta de los pies, el regazo. Parece esperar
algo. Yo vuelvo a ojearle el muñón. Se lo he visto treinta, cuarenta veces.
Perdí la cuenta. Parece la punta de una baguette.
Finalmente mi tía se concentra y apunta a mi madre: le reclama el mate.
-¡Si recién me lo das!- se queja mi madre. Luego se
mira las manos. En una tiene el mate y en la otra la mano ortopédica. Toma la
mano ilícita y me la ofrece. Digo que “no”. La vuelve a su regazo. Entonces
apura el mate y me lo alcanza.
-Pasale a la tía- me dice. Agarro el mate y se lo
paso.
-Que calor-
dice mi tía. Tiene razón. Resopla y atrapa el cuenco con su única mano. Yo no sé
muy bien que debería hacer a continuación y la incertidumbre, siempre amarga
para mí, comienza a atormentarme. Para hacer algo miro el cielo, por donde no
da el sol, uno, dos, tres segundos, cuando mi visión periférica se ve alarmada
por el flanco derecho. Es mi madre, que amaga rasguñarme con la mano
ortopédica. Yo muevo la cabeza hacia el costado opuesto del embate, y sin mucho
esfuerzo, logro esquivarla. Después me alcanza la mano como corresponde.
-Tomá, pasale a la tía- me dice.
-Pasasela vos, conchuda- le replico. Ella se arquea
en el sillón y larga una risita aguda. Se compone. Me mira:
-Vaga, borracha- me dice. Luego se incorpora, amaga
por segunda vez rasguñarme, quizá peinarme, con la prótesis. Yo vuelvo a
esquivarla, otra vez sin mucho esfuerzo. Ella termina de pasar la mano a mi tía
y vuelve a sentarse. Antes me pellizca, fuerte. Después me da plata y me manda a
comprar puchos y una botella de caña Legui:
-¡Para echarle un chorrito al mate!- se excusa. Mi
tía no dice nada y frunce los labios. A mí me parece una buena idea, y con
apuro, gano la escalera.
AROMA A
JABÓN
Cristina Validakis
Otra vez ese sueño: la frenada de un
vehículo, los golpes en la puerta, los gritos. Ella es pequeñita, su cuerpo es
de niña, su voz es de niña; está en su cama, lo sabe, aunque no es la actual,
puede ver sus osos, sus muñecas en el estante -sabe que son suyas- y juguetes
en el suelo. La luz del velador agiganta las sombras del tamaño del miedo. Se
cubre los ojos con la sábana aún
dominada por los vahos del sueño, cuando unas pequeñas manos, casi como las de
ella, la sacan de la calidez de las frazadas, de un tirón. Y luego es arrastrada por un
pasillo alto y estrecho hasta el fondo de la casa. Y esas manos pequeñas, pero
más fuertes que las suyas, la empujan adentro de un espacio tan reducido y
oscuro, como las fauces de un secreto.
-No te
muevas, no hables, pase lo que pase- le susurra en los oídos ese niño, mientras
trata de acomodarse a su lado y cerrar la puerta. Ahora sabe que están dentro
de un placar, pero la puerta no cierra, algo lo impide. De pronto está sola, la
puerta cerrada desde afuera, y el olor del mueble y el encierro, la invade.
Gritos, golpes, llantos, como si de
pronto el mundo se derrumbara a su alrededor, cierra los ojos y se tapa los
oídos. Pero ese olor… ese olor dulzón, frutado, de las toallas se torna
insoportable. Entonces ese es el momento
en que despierta, sudorosa, asustada, temblando, con el aroma aún impregnando
sus sentidos.
-
¿Qué hora es, abuela? -
dice Laura tratando de quitarse los restos de esa pesadilla que la persigue
desde la infancia.
-
Las ocho corazón,
¿tenés clases hoy?- pregunta poniendo el café con leche en la mesa y unas
porciones de pasta frola.
-
Sí, hasta las doce...-
responde tomando su desayuno a los apurones-. Y pasaré directo a la oficina, no
vendré a almorzar-, finaliza dándole un beso a esa anciana que la ha criado,
cuando sus padres desaparecieron. La ha visto achicarse, lentamente con el paso
del tiempo, ahora camina a pasos lentos, pero aun así, sigue sirviéndole el
desayuno todas las mañanas.
A las nueve ingresa en la clase de
Historia de la Facu. La mejor clase, la que dicta Jorge con esa pasión en la
sangre, con esa energía emblemática que transmite como si él mismo hubiera sido
parte de las historias que cuenta. Jorge, ese profe apenas un poco mayor que
ella, pero que parece haber vivido mil años, todas las épocas, todos los
hechos. Que parece haber sufrido cien y mil veces los dolores de parir la inexplicable
cotidianeidad. Que parece haber llorado por sus pérdidas y haber perdonado y
entendido otras tantas caídas y derrotas. Que dice haberle buscado explicación
a todos los hechos, habiéndosela encontrado a muy pocos.
Escucha su voz casi sin oírla, pensando
qué historia personal lo habrá llevado a ese lugar, a esa pasión. Lo mira con
los ojos de la admiración, por ese caudal insuperable de conocimientos y esa
insaciable sed por saber los vericuetos ocultos de la historia, las
motivaciones secretas de los próceres y los no tan próceres. Ama a ese hombre,
piensa, mientras escucha el timbre que finaliza la hora de clase. Se queda en el banco hasta
que todos se van y luego se le acerca con la sonrisa embobada que el amor le
dibuja.
-Hola Laura- dice Jorge mirándola con el mismo arrobamiento-. ¿Nos
encontramos en el café cuando salgas de
la oficina? Tengo algo que quiero mostrarte-, agrega mientras guarda sus libros
en el maletín. Luego, sorpresivamente y de manera fugaz, la besa en la boca y
se ríen mirando a su alrededor, para constatar demasiado tarde, que nadie los
haya visto. Y Laura sale apurada, con el corazón saltándole en el pecho como si
fuera una adolescente. Tiene más de treinta años, una carrera iniciada a
deshora, y este amor que la sorprende y que aún no puede contar a nadie. Tiene
todo, y a la vez, no tiene nada, piensa casi con temor y sin saber por qué
estos pensamientos la deprimen.
A las seis de la tarde, ingresan en la gran
Aula Magna de la Facultad caminando juntos. Salta a la vista, que son una
pareja. Tal vez todos lo saben pero nadie lo dice a la espera del anuncio
oficial.
-
Esto que has organizado
con los chicos de quinto año es especial- le expresa Laura.
-
Un Museo de la Memoria,
a los desaparecidos en el Proceso Militar- dice él mostrándole los enormes
paneles con fotos que cubren las paredes.
A su alrededor se mueve una marea de
jóvenes mirando con horror los rostros de aquellos que otra marea de odio ha
convertido en “desaparecidos”.
Un dolor profundo, casi visceral, le sube
a Laura desde los pies y le oprime la garganta. Hay familias enteras. Hay
rostros de estudiantes, de niños, de madres embarazadas. Rostros… rostros… como
el suyo. Normales, comunes. Es imposible imaginarlos desfigurados por el
terror, o la tortura.
Y entonces el olor a jabón de las toallas
de su sueño se entremezcla con el metálico aroma de las fotos que danzan ante sus
ojos. Esos ojos que comienzan a ensancharse
cuando se detienen en una pared. No escucha voces, sólo ese olor y la mano
de Jorge señalando una foto desde donde la mira, otra niña con sus mismos ojos.
Y se siente correr por un pasillo lleno de otras fotos de la mano de alguien, de otro niño que la
mira atemorizado antes de cerrar la puerta del placar.
-
Te quedaste muda Laura-
murmura Jorge, pero ella escucha de esa voz, otras palabras: “No te muevas, no
hables, pase lo que pase…”. Y la mano de Jorge sigue señalando la foto donde la
niña de sus mismos ojos la mira: -¿Ves Laura? Esa foto que está allí la traje
yo. Soy yo y mi hermana. Es el único recuerdo que logré llevarme cuando los
milicos asesinaron a mi familia para luego entregarme en adopción. Recuerdo que
la tomé del pasillo de la casa y la puse entre mis ropas, no sé por qué, quizás
para no olvidar… Para no olvidar que no los pude salvar, ni llevarme conmigo a
mi hermanita…
Pero Laura ya no lo escucha. Sólo puede
sentir el aroma dulzón del jabón y otra voz lejana, muy lejana que llega a ella
desde el pasado, entre el llanto y el terror.
-
Laura, pequeña…- grita
su abuela mientras la saca del placar y la abraza. ¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde…?
¿Por qué, Laura, por qué, tu hermano, no se quedó escondido contigo en el
placar…?
III CONCURSO LITERARIO ZELER-KRAUT, “VIVENCIAS” 2014
Acta del Jurado
En la ciudad de Córdoba, a los treinta
días del mes de Setiembre de 2014, se reúne el Jurado designado para el III CONCURSO LITERARIO ZELER-KRAUT,
“VIVENCIAS” 2014, integrado por Susana
Cabuchi, Martin Cristal y Jorge
Felippa, quienes tras considerar los trabajos presentados, resuelven por
unanimidad lo siguiente:
Primer Premio: “El Flotador”
(seudónimo: Pasajera) N* 109
Segundo Premio: “La estación de
trenes” (seudónimo: Mirko Kalu) N* 74
Tercer Premio: “Cábalas”
(seudónimo: Nox) N* 5
También por unanimidad, el Jurado
resuelve entregar las siguientes “Menciones Honoríficas”, sin orden de mérito:
. “El Aprendiz” (seudónimo: Dora
Markus) N* 3
. “Una especie de merienda” (seudónimo:
Tricia Takanawa) N* 9
. “Aroma a jabón” (seudónimo:
Anisaí) N* 53
. “La Timba. Ese loco berretín”
(seudónimo: Dolores de Coxis) N* 106
Abiertos los sobres con los datos
de los premiados y mencionados se constata que:
El seudónimo “Pasajera” corresponde
a SUSANA
BEATRIZ MOYANO, (de Córdoba, capital).
El seudónimo “Mirko Kalu”
corresponde a SILVIA PERASSI, (de
Córdoba, capital).
El seudónimo “Nox” corresponde a MARCOS FUNES PERALTA, (de La Falda,
Pcia. de Córdoba).
El seudónimo “Dora Markus”
corresponde a BLANCA ESTELA BARRIONUEVO
(de Córdoba, capital).
El seudónimo “Tricia Takanawa”
corresponde a ISMAEL JORGE ORIGLIA,
(de Córdoba, capital).
El seudónimo “Anisaí” corresponde
a CRISTINA VALIDAKIS, (de Río
Tercero, Pcia. de Córdoba).
El seudónimo
“Dolores de Coxis” corresponde a MARÍA
NOELIA CLEMENTE, (de Córdoba, capital.).
Sin otro tema a considerar,
firman el acta:
SUSANA CABUCHI
MARTIN CRISTAL
JORGE FELIPPA
Córdoba, 30 de Setiembre de 2014