martes, 11 de marzo de 2014

Concursos Literarios ZELER-KRAUT “VIVENCIAS”

III Edición 2014

Primer Premio


EL FLOTADOR
Susana Beatriz Moyano

            Cuando cumplí  cinco años,  el abuelo me compró un flotador. Me lo regaló cuando estábamos en  la ciudad, en  la casa de calle Rioja. Desinflado y  doblado, no parecía un obsequio demasiado lujoso, entonces.  Levantó la mano y señaló hacia un punto, creo que hacia el norte:   –Esto es para el río-   dijo y fue como si abriera una ventana por donde pude espiar mis futuras vacaciones.
  Lo usé un tiempo después, en el río de La Calera. Transité, tantas veces,  el camino abrazado por  la sombra de los  olivos y   los plátanos, por  los perfumes y los rumores húmedos,  hacia La Olla,  abrazada al flotador.
En el verano,  nos mudábamos al pueblo serrano, con  equipaje suficiente para  afincarnos   allí para siempre. En un camión repleto con camas, heladeras, cocinas, cacerolas, desplazábamos  nuestras vidas urbanas, nuestras rutinas de cemento y hollín  hasta  las calles de tierra, la posibilidad de ver el horizonte, el aroma intenso  de la peperina,  el poleo y la ensalada con berro cosechado en la ribera  de los arroyos. Me quitaba las costumbres de ciudad  y  me las ponía  dos meses después, para el regreso. Cruzaba  puentes, recorría sendas, mi piel se curtía, se volvía áspera y oscura y  los callos se engrosaban. Recuerdo   que al atardecer las chicharras iniciaban su canto, primero suavecito y luego cada vez más fuerte, más fuerte hasta que la bulla nos aturdía. Si no hubiera sido por esa serenata, la imagen en mi memoria sería la de los cascarones que encontrábamos y la explicación de mamá: –Es el  vestido viejo de  las chicharras-, yo sentía tristeza, no me parecía sólo un ropaje sino pedazos de sus cuerpos que abandonaban por todos lados.    Su canto me permitía saber que estaban vivas aunque no las viera, aunque se desarmaran de a poco.
    Era el verano de 1958 y el Tatata  me había regalado  un flotador, tenía forma de cisne y era blanco. Todos los días, me lo colocaba en la cintura  antes de salir hacia el río y recorría el camino techado  por los  árboles, sosteniendo el flotador con las dos manos como si fuera indispensable también  para avanzar en el aire.
La Calera no era un  pueblo turístico, su clima extremadamente seco, la abundancia de cal  lo signaron como lugar propicio  para la recuperación de tuberculosos y, a pesar de los antibióticos y las curas exitosas,  parecía  que en el imaginario de los turistas sobrevivían las imágenes de  las reposeras bajo el sol, los ojos hundidos y las pieles  transparentes. Pocos viajeros elegían el lugar  para sus vacaciones y esa circunstancia tenía malas consecuencias económicas para los lugareños  pero le otorgaba al pueblo un aspecto desaliñado, agreste y espontáneo.  Allí  fui  exploradora, pobladora honoraria, aspirante a silfo, perseguidora de tesoros y propietaria de un flotador. Cuando llegaba al río, como ya tenía el flotador alrededor de la cintura y ,  por los vidrios,  me obligaban a usar zapatillas,  lo único que hacía era seguir la inercia y entrar.      
– Aquí donde está  bajito y te veo – gritaba mamá, mientras trataba de convencer a mi hermana, que odiaba el baño helado, para que se mojara la cabeza: –Te vas a insolar Anita-, y la cara de Anita estaba roja, roja por el calor y por la ira de no ser respetada en sus preferencias. Yo avanzaba. Algunos días el agua era translúcida, limpia, podía ver las piedritas del fondo  mientras las pateaba y caminaba y pateaba piedras y caminaba, siempre sosteniendo con las manos el flotador. En ocasiones, no se veía el fondo y el río arrastraba ramas y  hojas, entonces debía hacer el doble de esfuerzo para mantener el equilibrio, avanzar,  no tropezar y  aferrar el flotador  con las dos manos, como siempre. Durante esa temporada, el flotador fue casi una mascota,  tenía que cuidarlo, sacarlo a pasear, evitar que se  lo llevara el rio, mojarlo para que no se insolara como le pasaba a Anita cuando se le resecaba el pelo.  No advertí que podía levantar los pies del suelo y dejarme arrastrar.  No me proporcionaron instrucciones para usarlo, no vino con un manual y si lo hubiera tenido yo aun no sabía leer. Qué curiosa la forma  del abuelo de entregarme su regalo, sin consejos, sin indicaciones,  no sé  si lo  planificó  o si fue un descuido pero  dejó que recorriera el larguísimo camino del descubrimiento personal. Me regaló tanta libertad que casi  pierdo la oportunidad de utilizarla. El Tatata era así, respetuoso y distante, presente y distante, poderoso y distante. Un día, creo que fue durante el verano siguiente, no sé de qué manera  (mi memoria es un lobo feroz que todo lo devora),  encontré la función del flotador: él debía sostenerme  a mí y no yo a él. En esa ocasión encontré la ruta de la utilidad,  aunque  tardé bastante. Después, ya adulta y buena lectora de instrucciones, siempre me costó  abrir los envases, descubrir los botones que ponían a funcionar los electrodomésticos,  entrar o salir de algunos sitios señalizados. Siempre me resultaron  herméticos y complicados los supuestos del  sentido común.  ¿Cuántas veces  habré desaprovechado las virtudes de lo que me rodeaba, en cuántas oportunidades caminé  ríos, sostuve flotadores, cuidé a quién debía evitar que me hundiera , que naufragara, llevando en los hombros mi barco, mientras me perdía el goce de flotar, de  levantar los pies del fondo pedregoso para que sólo  me guiara el devenir de alguna corriente?




SEGUNDO PREMIO


La estación de trenes
Silvia Perassi   

8 de febrero de 1987
Me senté frente al andén a esperar que el tren se detuviera. Hacía más de treinta años que volvía siempre a ese lugar porque sólo en la estación podía sentir que mi cuerpo y mi pensamiento encontraban algo de paz. Mejor dicho, sólo en esos momentos me he sentido vivo y el resto del tiempo hice un gran esfuerzo por parecerlo.           
Era tanto el calor de la siesta de ese febrero que me quedé dormido.
“Me vi corriendo el tren a toda carrera, por momentos mi hermano me ganaba. Vi su cara alegre, los pelos al viento, los dos corriendo hasta quedar exhaustos. Escuché su voz molesta, provocadora: ¡Dale, apuráte, nos va a ganar el tren!”
Me desperté respirando fuerte, agitado, me faltaba el aire. Pero sonreí: había escuchado el sonido de su voz joven. Tomé mi cabeza entre las manos, como queriendo capturarlo para que no escapara otra vez.

28 de febrero de 1956
            En mi infancia casi todos los días nos juntábamos a vagabundear a la hora de la siesta. Lo hacíamos después de terminar las tareas del colegio. A veces íbamos al descampado de las vías y jugábamos un picadito si conseguíamos juntarnos seis o siete. No era tan difícil: en el barrio vivían varias familias de obreros con muchos hijos. Sin embargo, cuando no se armaba un partido, nadie se aburría.
En esos días subíamos a la pasarela y esperábamos que pasara el tren para sentir la vibración del cemento en los pies. Sino, lo corríamos hasta que el tren salía del pueblo. Si conseguíamos ir más rápido que la máquina, volvíamos victoriosos y sin aliento.
Más adelante empezamos a jugar otro juego que habíamos visto hacer a unos chicos que ya no iban más, porque estaban noviando por otro lado. Era un juego de cierto riesgo. Consistía en esperar que llegara el tren de carga y cuando estaba bajo la pasarela, saltábamos dentro del vagón de cereales para viajar de polizontes. Martín, mi hermano, ya lo había hecho varias veces. Era el más arriesgado y el más hábil de todos. Un campeón. Yo estaba orgulloso de ser su hermano, y nunca probé tirarme. No he sido celoso de Martín y menos se me ocurría competir con él en ese juego. Algunos pensaban que yo era miedoso… ¡allá ellos! 
Ese día, el 8 de febrero de 1955, fuimos a la estación.
Martín tenía 15 años y hacía una semana había ido a su primer baile a Leones, a la Fiesta Nacional del Trigo. Desde aquel acontecimiento tenía la cabeza dada vuelta. Dijo que conoció a una chica de ojos grandes que era hermosa. También dijo que se dieron un beso y que ella dejó que la acompañara a su casa. Pensé que eso lo había trastornado. Yo era más chico que él y un roce de dos bocas desconocidas me parecía una cosa inmunda.
Aquel día de febrero, cuando Martín nos hizo subir a la pasarela, tenía la intención de ir a verla tirándose desde ahí a un vagón del tren. “Voy a caerle de sorpresa”, me dijo al pasar y a mí no me pareció nada del otro mundo, sin embargo me cambió la cara. Luego pensé cuántas veces Martín había viajado así; una vez más no debía inquietarme. El tren iba despacio cada vez que llegaba a un pueblo. Eso le daría tiempo para saltar del vagón.  
Martín, Lucas –que era un amigo de los dos- y yo, esperamos el tren en la pasarela, charlando de cosas de la vida, sin tema fijo. Sólo recuerdo que Martín estaba inquieto, se movía demasiado. No era miedo -él no tenía miedo de nada- era pura adrenalina y hormonas corriendo por sus venas.
Le pidió a Lucas que saltara con él, que lo acompañara; pero Lucas dijo que no. Quería quedarse a jugar al fútbol y además ese día su madre tenía franco. Si se le ocurría venir a buscarlo y no lo encontraba se le iba a armar lío. La madre de Lucas era una mujer bastante enérgica.
El tren llegó, Martín hizo el cálculo y saltó adentro del vagón.
- ¡Vuelvo en el de las siete! ¡No les digas a los viejos! -gritó.
- No sé porqué me lo aclara. Yo ya sé que si se enteran nos matan- murmuré dirigiéndome a Lucas.
- Es que ahora tiene que ocultar algo más: tiene novia- me dijo él.
- ¡Qué va a ser la novia, si la vio una sola vez!- le respondí casi con bronca.
 Martín, que se hundía en los granos del cereal, se agarró del borde para saludarnos. Levantó su mano y dio un grito de felicidad. Con Lucas nos fuimos a jugar. Sabíamos donde reunirnos con él a las siete.
Llegamos como media hora antes. El tren iba despacio, además era un tren corto. De un vistazo lo abarcábamos todo. Miramos una y otra vez. No vimos saltar a Martín. Corrí a decirle al guarda-barreras lo que había pasado. Con lo que le conté se enojó mucho, pero después accedió a hacer señas con la bandera hasta que el tren se detuvo. Revisamos cada vagón. Lucas se trepaba a uno y yo a otro. Gritábamos su nombre. Nada. Martín no apareció por ninguna parte. Pensamos que quizás se había quedado un rato más con Laura y que el tren se le pasó. Nos fuimos de la estación sin dejar de mirar hacia todas partes por si aparecía.
Fue necesario contarles a mis padres. Mi madre desesperó. No hacía más que llorar. Decidieron viajar a Leones. Lucas fue con nosotros porque él sabía dónde era la casa de Laura. Tocamos el timbre, hablamos con ella. Dijo que a Martín no lo había visto desde el baile. Le pedimos que fuera sincera y le explicamos la situación. Pero ella juró que decía la verdad. Dimos aviso a la policía.
Se inició una búsqueda que duró días, semanas, meses. Se movilizaron los bomberos, la gente del campo, el intendente. Yo, por mi parte, fui todos los días a la estación de trenes con la esperanza de verlo de nuevo. Sentía culpa de haberlo dejado ir. A veces, Lucas me acompañaba. Él también se reprochaba no haber saltado ese día.

21 de junio de 2014
Hace casi sesenta años de aquel fatídico día de febrero. Fue mi primera experiencia de pérdida, demasiado temprana en mi vida y por otra parte, demasiado larga. Esa vez que lo soñé vivo, fue un momento reparador que me acompañó un tiempo. Después, la imagen del sueño se volvió borrosa y me costó recuperar el sonido de la voz de Martín. Nunca supimos qué pasó. Fue un misterio. Algunos cosecheros decían que el fantasma de mi hermano se les aparecía en los días de calor. No creo en esas cosas, aunque ellos me aseguraron que era verdad.
Viví toda una vida aferrado al deseo de recuperarlo. Qué difícil ha sido para mí renunciar a eso. No he podido. Y ahora, en mi vejez, sólo me alienta pensar que falta poco para que, corriendo juntos, volvamos a creernos tan veloces como aquellos trenes. 






TERCER PREMIO

Cábalas
Marcos Funes Peralta

Aquel tibio mediodía de martes y por primera vez en el año, frente a la salida del colegio me esperaba mi madre.  Con paso apurado avancé hacia ella imaginando que algo muy grave debía haber sucedido para que mi padre, que me había llevado a la mañana como de costumbre, no estuviera allí, contemplando el éxodo diario de estudiantes y profesores ávidos de un almuerzo reparador.
— Papá está bien — dijo mi madre al verme.  — Tuvo que irse al campo.
Respondí con un "ah" lo suficientemente largo como para darle la certeza de que su explicación me bastaba, aunque no tanto como para que pudiera interpretar un acto de insolencia.  "Tuvo que irse", dijo.  Era, entonces, una obligación ineludible.
Mi padre se ocupaba del mantenimiento de un deteriorado sistema eléctrico en la finca de un porteño al que jamás tratábamos de usted.  Añoraba una carrera inconclusa en la facultad de agronomía y gustaba de viajar hasta aquel oasis en medio de la nada porque soñaba con un futuro propio en un lugar como ese.  Yo no tenía razones para desconfiar de que, por caso, una osada comadreja hubiera metido las garras en algún tomacorriente, pero me inquietaba una cuestión que —mucho tiempo después comprendí— poco tenía que ver con la superstición.
— ¿Va a volver para la hora del partido? — pregunté a mi madre camino a casa.
— No sé, mi amor.  No me dijo nada.
Mi padre y yo habíamos visto todos los partidos de la fase de grupos siguiendo, con estricta precisión, las instancias de un ritual tan obligatorio como inútil.  En primer lugar, la vestimenta:  mi padre usaba una camiseta del 78, recubierta casi uniformemente del tinte amarillento que dan los años y que se había expandido lo suficiente para cubrir el cuerpo voluminoso del hombre maduro que prefería no recordar aquel Mundial de la ignominia; yo vestía una camiseta de mangas cortas, bien holgada y con un cuello en "v" que dejaba de picar a los cinco minutos de roce con la piel.  En segundo lugar estaban las provisiones: sin importar a qué hora se jugara el partido, la cocina debía estar despejada al menos cuarenta minutos antes para que mi padre pudiera preparar una olla de pochoclo que íbamos a terminar indefectiblemente durante el primer tiempo; una vez frente al televisor, yo bebía jugo de naranja y mi padre liquidaba una lata de cerveza, aunque el ritual también comandaba que si había una jugada muy peligrosa cerca del área argentina, yo bebía un sorbo directo de la lata para disipar, a once mil kilómetros de distancia, el riesgo de gol (funcionó dos veces contra Japón y tres contra Croacia, créase o no).  Por último, la ubicación: el sofá era exclusivo para nosotros dos: mi padre a la derecha, más lejos de la puerta, y yo a la izquierda, más cerca del teléfono.  Mi madre, en tanto, evitaba entrar a la sala de estar, y si lo hacía, no se quedaba allí por mucho tiempo.

La tarde sobrevino más rápido que otros días.  El almuerzo fue contundente, la siesta breve y la tarea de Química tan tediosa que bien podría haber ocasionado una segunda versión de la siesta.
Faltaba media hora para el inicio del partido y mi padre no estaba en la cocina, silbando frente a la olla del pururú.  Yo lo esperaba con mi jugo de naranja, mi camiseta y mi devoción por el lado izquierdo del sofá, mientras en Saint-Étienne una banda militar esbozaba los acordes del himno nacional coreado por un público extasiado de verano mundialista.  Mi madre se asomó sosteniendo un vaso con gaseosa en la mano izquierda, y en la cara una expresión inequívoca:
— Me parece que hoy lo vas a tener que ver vos solo.
De pronto tuve una de esas ideas vertiginosas que aparecen con mucha menos frecuencia que la necesaria.  Corrí hasta mi cuarto calculando cuánto tiempo tardarían el himno inglés y el comentario preliminar sobre las alineaciones de los equipos.  Allí, dentro de una caja forrada con papel afiche, encontré una copia pirata de "El rey león", grabada en un VHS de los que se compraban al mismo precio de un alquiler en el videoclub.  Restaba menos de un minuto y era el único cassette en toda la pieza: había que realizar el sacrificio.  La leyenda "REC" en la pantalla comenzó a titilar cuando el mundo veía la imagen de Ortega y Batistuta frente a la pelota en el círculo central.  Aliviado, me senté en mi lugar de siempre. 

Comenzó el partido.  Shearer erró el primer gol a los dos minutos y yo repliqué con un insulto que pretendí ocultar en un alarido.  "Papá me pediría que me calle", imaginé divertido.  A los cuatro minutos, el Burrito lanzó un centro para Simeone que sobrepasó a la defensa inglesa y obligó al arquero a salir directo a obstruirlo.
— ¡Penal! — grité un par de veces, — ¡Vamos Argentina!
Mi madre se asomó desde la cocina, sonrió y volvió a evanescerse: sabía que una profanación del templo podía acarrear consecuencias trágicas. 
El árbitro dio la orden y la ejecución del Bati fue implacable.  Uno a cero.
No había transcurrido un minuto desde la reanudación del juego cuando irrumpió el sonido del teléfono.  Supe de inmediato quién llamaba.
— ¡Hola, papá!  ¿Estás viendo el partido? — pregunté muy exaltado.
— Hola, hijo.  No lo puedo ver, acá no hay electricidad.  ¿Cómo van?
Su voz sonaba distante y carecía de su habitual firmeza en el pronunciamiento de cada palabra.  Durante algunos segundos hice silencio para oír el ruido del campo donde había tenido que viajar: percibí el mismo viento que azota los cementerios.
— Vamos ganando — le respondí finalmente, con vigor.
—  ¿En serio?  ¡Qué bueno! —  dijo en un tono apagado.  Su voz se perdía en una ráfaga de viento abrumador.  — Dame por favor con mamá antes de que se corte.
—  Chau, papá.  Te grabo el partido.  Nos vemos más tarde.
Mi madre tomó la llamada en la cocina, pero yo no quise oír lo que hablaban y tampoco quise interrumpir su conversación para decirles que Inglaterra había empatado, también de penal, a dos minutos del gol argentino.  Me recliné en mi sitio del sofá y me convencí de que ya no había chances de pasar a cuartos.  Nunca supe de qué hablaron mis padres.

Los festejos en el centro comenzaron pocos segundos después de que Roa le atajara el quinto penal a Batty, y se prolongaron por un par de horas.  Mi madre y yo volvimos a casa temprano.
Sobre el lado derecho del sofá puse la remera del 78, y en la mesita contigua me encargué de estuvieran el pururú y la cerveza.  En la etiqueta del video, sobre el título "El rey león" que yo mismo había escrito con mi caligrafía infantil, inscribí con fibrón celeste un nuevo rótulo: "Argentina - Inglaterra.  30/06/1998".  Y prolijamente apoyado sobre el televisor, dejé el cassette rebobinado.

Aquella noche inolvidable de junio, me dormí deseando que cuando yo despertara, mi padre estuviera viendo cómo les ganábamos a los ingleses, igual que doce años y ocho días antes, cuando nací gritando el mejor gol de todos los tiempos.




MENCIONES HONORÍFICAS
(Sin orden de mérito)

El Aprendiz

Blanca Estela Barrionuevo


Volvía de la escuela y en cuanto colgué el delantal en mi cuarto, escuché esta conversación entre mis padres:

-¿Estás seguro José?
-Sí Julia, don Moncho me lo dijo. Lo halló vendiéndole a Ochoa unos cabritos machos. ¿Qué otra prueba quieres?
-No puedo creerlo.
-Pues créelo Julia. Prepárale los trapos que guarda aquí en la casa y basta. Ya hablé con Alejo y me dijo que tiene un ahijado, guapito y decente, como debe ser.
-Qué pena. Me había encariñado con Boni.
-Bonifacio- corrigió papá-. Ya es bastante grande, va a cumplir dieciocho, señora.
Cuando papá la llamaba “señora” daba por terminada la conversación.
Entré y saludé a mis padres.
Mamá comenzó a disponer la mesa, mientras papá buscaba las copas.
-¿De qué hablaban?, pregunté.
-Nada nuevo, hija, ya lo veía venir. El Bonifacio me robaba. Don Moncho lo halló haciendo tranzas con el viejo Ochoa. Ya le dí su paga, como corresponde. No quiero en mi casa a un ladrón. Vos sabes que yo viajo y tengo que saber con quién quedan tu madre y vos.
-Bueno, ya basta José-, rogó mi madre.
En ese momento entró mi abuelo.
-¿Cómo estás mi reina? ¿Bien?
-Sí abuelo, todo está bien-dije, besando su rostro barbudo.
-¿Te sirvo María?
-No mamá, me duele la cabeza. Voy a acostarme.
Delante de papá, no cabía la menor pregunta con relación al hecho. Me miré al pasar en el espejo del baño, y me hallé fea, fea y estúpida, llorando por un vago.
-El muchacho me ha pedido que lo lleve hasta la estación de Macha-, dijo mi abuelo.
-¡A pie!-gritó papá-. ¡Que vaya a pie!
-No José, con este calor. Yo lo llevo en mi chata. ¿Qué me cuesta? Dejalo llevarse un buen recuerdo de la finca María Julia.
Sentí que el abuelo hablaba para mí, y decidí en el momento.
-¿Vas lejos abuelo? Yo necesito ir… al coro de la parroquia…-El reloj del comedor marcaba las dos y media-… a las tres.
-Bueno, yo te llevo.
-¿Con este sol María? Ponte algo en la cabeza, hija.
-Bueno, mamá.
Salimos. Bonifacio escondió la cara. Parecía más chico visto de cerca. Nos habíamos mirado siempre a la distancia, sin hablar más que con las sonrisas.
La chata del abuelo se sacudía en el camino polvoriento.
La blusa se me pegaba en la espalda y sentía los dedos del muchacho en el borde del asiento, luchando con las ganas de tocarme.
Anduvimos unas leguas en silencio, mientras el motor ronroneaba perezoso.
Antes de lo esperado, alcanzamos a oír la máquina.
-¡Apúrese don Alberto, me va a hacer perder el tren, viejo é mierda!-, gritó Bonifacio.
-¡Atrevido y ladrón! ¡Bajate charabón y corre que te conviene!- dijo mi abuelo mientras se tanteaba el cinto.
El muchacho corrió lo que restaba del camino con la energía de un gato montés.
El tren pasó por aquel sitio sin paradas previstas, y con su hato de trapos, saltó muerto de risa, sin siquiera mirarme.
Permanecimos mudos dentro de aquella jaula que parecía incendiarse.
La vergüenza me quemaba, más que el sol de la siesta impiadosa.

El humo del tren era una cinta flotando en la llamarada del viento.
La figura del tren fue un relámpago, y el cuerpo del muchacho una sombra en la boca de un dragón…
-Tome mi reina, para los ojos. El pañuelo del alma lo guarda el tiempo…





La Timba, Ese Loco Berretín

María Noelia Clemente

Hacía tiempo que las noches de Córdoba me resultaban insoportables, así que decidí salir de casa y caminar a cualquier parte.
Pasaba en frente de bares de todo tipo y ninguno me gustaba. En los del centro, los viejos iban a  jugar al ajedrez y seguían esperando que ENTEL les conectara la línea; otros que quedaban cerca pero no tanto, eran más concurridos por los que estaban de paso: camioneros y viajantes con olor a sudor y a látex; y el resto de los bares sobretodo en Cañada, destilaban modernismo: demasiado trago y poca historia.
En una de esas caminatas nocturnas por la peatonal, descubrí lo que después sería mi espectáculo favorito: un lugar de juegos de apuestas o en vocabulario lunfo, garito. Estaba metido en una galería de los años '60', donde rebalsaban oficinas de abogados y contadores.
La primera vez que entré tuve un sentimiento de enajenación y cierta mirada sospechosa de parte de los habitués, que sólo giraban la cabeza para ver quién ingresaba. Decidí quedarme porque siempre me gustaron los lugares donde puedan coincidir el aire acondicionado y las debilidades del hombre.
Ese club de juego se encontraba en un departamento grande de tres habitaciones, oscuro, con una barra que contenía cerveza, vinos, whisky y bebida blanca tradicional. El piso era alfombrado y una de las paredes estaba cubierta de punta a punta por una madera, seguro para tapar una mancha de humedad. Había tres mesas de juego y predominaban las apuestas al póker. Tenía pocos encargados: un guardia en la puerta, un administrador y un barman. La empresa parecía familiar.
El que servía los tragos, tajante opositor al gusto de apostar, miraba con cara de hartazgo. 
Me senté en la barra con un vaso de cerveza y liberé mi lado voyeur.
                                                                                                                                              Los clientes llegaban muy bien vestidos, como a misa. Los hombres de saco y corbata,
prolijamente peinados, luciendo relojes de primeras marcas; y las mujeres con las muñecas y cuellos tan iluminados que parecían las damas de beneficencia de los años '40'. El perfume importado se filtraba con el olor a tabaco y era perceptible hasta en el baño, unisex.
También iban a la tasca dos o tres tipos que no jugaban, los prestamistas. Siempre sentados en mesas individuales, tomando jerez y leyendo el diario; de vez en cuando relojeaban para ver cómo iba la mano y después seguían con la lectura. Los que debían plata, los saludaban con un gesto propio y los que no, con un guiño cómplice. Uno de ellos poseía una casa de empeño, así que cuando no había teca se solucionaba por otro lado.
Esa noche fue la primera de muchas, porque decidí seguir yendo. No me interesaba jugar, sólo quería mirarlos. Me despertaban una curiosidad indefinible, una identificación que no comprendía. Tenía el afán de conocerme a mí misma. Mi lado oscuro se peleaba con el iluminado y eso me generaba un desasosiego que ahogaba. Sabía que en ese tugurio iba a encontrar algo.
Ese no era un bar donde después de unas copas todos se hacían amigos, era un lugar de apuestas, por lo tanto los participantes no se mostraban simpáticos. Cualquiera era un potencial contrincante; pero después de la quinta visita, mi presencia se hizo confiable.
Los observaba constantemente, escuchaba sus conversaciones, prestaba atención a sus jugadas, los gestos que acompañaban cada acción, todo.
Algunos, después de la derrota bajaban la guardia y confesaban.  Contaban cómo
conquistaron a sus mujeres, las enfermedades de la familia, el abandono de la pareja, el deseo de infidelidad, la desdicha por la infidelidad; que sin dudas era la reina de las congojas.
                                                                                                                                              Todo transcurría con normalidad hasta después de la una de la mañana, pasada esa hora, era común que ingresaran al bodegón los familiares damnificados por el derroche de bienes de los apostadores. Por lo general eran las esposas. Se les podía sentir la furia de lejos. Llegaban prendidas fuego.
El cliente más antiguo era un hombre de unos 58 años, de cejas gruesas pero prolijas, que le aportaban un tono serio y hosco. Siempre llevaba traje, y a pesar de la curda de las dos de la mañana, la corbata seguía tan correcta como cuando se la puso para ir a trabajar. Ese tipo no se movía de su silla ni para ir al baño, solo hacía un gesto con la mano para pedir Campari.
Se mostraba ganador, pero perdía siempre y cuando tenía un intervalo, aprovechaba para quejarse de lo fallutas que son las mujeres. Repetía la histórica y trillada frase, “las minas son una pero que otra”.
Recuerdo que un día llegó al sitio su mujer, con el temple propio que da la costumbre de la mentira. Al hombre se le transformó la cara, temblando le dijo:
-Hola Tere, juego una más y me voy, hoy siento una buena racha, te lo juro.
-La última vez que sentiste una buena racha hipotecaste la casa, así que vamos- le respondió tajante.
El hombre no se resistió, agachó la cabeza, saludó a los camaradas y partió con su esposa. Lo remplazó otro que esperaba hacía rato ocupar su lugar.
En otra mesa se jugaba al truco. El más simpático se llamaba Cristóbal. Era de esos arrabaleros entrañables, el Julio Sosa cordobés. Cuando terminaba el partido, se iba
estoico citando la célebre frase de Niní Marshall :“Bueno muchachos, muy rico todo, fina la alfombra, lindo el perrito, un amor tu marido, pero yo me las tomo”.
Su compañera de juego era Susana. Mujer bien posicionada, de peinado savage y fiel al Martini seco: -Ya van doce abriles que juego-, repetía orgullosa.
                                                                                                                                              4
Era muy cambiante. A veces astuta, otras arrebatada, pero siempre lúcida.
Al tercer partido y con unos cuantos tragos encima, hablaba de su vida. Su marido era un hombre muy ocupado, que le interesaba poco y nada las distracciones de su mujer. Se la notaba deliberadamente sola, pero yo sentía que a esa soledad la envió su marido.
Como yo no participaba de la timba, mi ubicación era siempre en la banqueta, al frente del mostrador. El tipo mientras lavaba vasos, me miraba de reojo sin entender:
-Piba, ¿Vos por qué estas acá?
-Por curiosidad. Quiero saber qué los trae al mundo de las apuestas.
Un poco más conforme me dijo:
-Mirá, acá la mayoría juega hace más de veinte años y nadie es millonario. No ganan ni lo invertido, porque no lo hacen por la plata, simplemente no pueden dejar de hacerlo, porque para ellos es un berretín.
Fue la frase mágica que necesitaba. Entendí por qué me atrapaban tanto esos trashumantes. Porque la estructura mental de un timbero, o como les gusta decir a los especialistas, un ludópata, es de un romanticismo inusual. Son personajes fallidos que detestan la realidad y se escapan jugando, como los niños. Creen en la suerte con los ojos desorbitados, porque pareciera que se avecina el batacazo y si no, habrá una segunda oportunidad. Son eternos esperanzados, aferrados a la fe como a la vida misma. Derrochan a sabiendas. En ese vicio hay algo más legendario que el anarquismo.
Los garitos tiene mala prensa y eso me alucina, porque lo miserable es inherente a mí. Son sitios de pasiones privadas. Mi lugar esta ahí, en el piringundín de 9 de Julio y Rivadavia.
                                                                                                 



UNA ESPECIE DE MERIENDA

Ismael Jorge Origlia
          
            Verano. 2001. Nos encontramos en la triste localidad de Adelia María, sobre la terraza desnuda de un dúplex recién adquirido. Es domingo, y no sé que me molesta más, si el regusto de la pasta pegado a las amígdalas, la visita innecesaria o el fogonazo del sol en un costado del rostro. Supongo, es la mezcla de todo eso, sumado al tono rojizo del embaldosado que incrementa la sensación de calor. “Deberíamos estar adentro, viendo tele u hojeando una revista y tomando algo con hielo” pienso, pero no lo digo. Y en vano me empeño en mirar el suelo y achinar los ojos para protegerme de la resolana punzante y su triste hábito de amplificar cualquier resaca.
Una maceta de cemento con tierra muerta es todo el adorno que hay. Mi tía termina de sentarse. La imitamos. Los sillones son cuatro y son de hierro, anacrónicos, duros, pesados, pintados de blanco con evidente descaro. Los almohadones en el respaldo y la base son de un amarillo tímido, ya percudido, y son también duros (y ásperos), casi de castigo.
Insolente, mi tía, apoya su mano ortopédica sobre la mesa de jardín, que es un círculo de vidrio sostenido por una estructura de hierro (pintada también de blanco y con idéntico anhelo). Desencastra el falso miembro del muñón apretando los labios y usando su mano buena, su única mano, y con un rencor mínimo ahí la deja, sobre el vidrio caliente y sucio de lluvia vieja que replica un sol fluctuante. Recién acaban de disponer la mesa para merendar y la mano estéril, con la palma tersa y los dedos inertes apuntando al cielo, como esperando una dádiva o sosteniendo la tarde espesa, queda al costado de una platina de acero inoxidable donde reposan algunas masitas finas con glaseado mitad rosa mitad blanco, apiladas, no estrictamente y con una sola mano, en forma de pirámide. Yo inclino la cabeza buscando algo que sea de chocolate. No hay.
-¿Qué buscás?- me pregunta mi tía.
-Nada- le digo.
-Me hace picar- nos dice.
-¿Qué?- pregunta mi madre.
-La mano- dice mi tía.
-Y, sacatela- la alienta mi madre, a pesar de que ya lo hizo.- ¿Es cómoda?- pregunta.
-Y, no, pero para ir a misa o a hacer las compras me sirve- dice mi tía, y le da una fuerte chupada al mate. Mi madre parece ansiosa. Mira a los lados. Junta determinación. Finalmente habla:
-A ver- dice, y se incorpora y estira la mano hacía la prótesis dibujando con su brazo un puente en arco sobre la mesa. Mi tía se la termina de alcanzar. La prótesis pasa sobre la platina donde se apilan las masitas finas y más tarde frente a mis ojos. Logro distinguir algunas escamas de piel muerta, arqueadas, pegadas al borde del oscuro hueco donde estaciona el muñón. (Me pregunto por qué no desvié la mirada si podía). Mi madre atrapa la mano. Vuelve a sentarse. La acomoda en su regazo. La mira. La aprieta con ganas. Después con rabia. La intenta doblar. La miro. Pienso en cuanto me gustaría disuadirla de hacer eso. Ella levanta la cabeza:
-¿Dónde la compraron?- le pregunta a mi tía.
-¡En Italia!- responde enseguida, y se altera.
-Es dura. Yo pensé que era más esponjosa- dice mi madre, y me mira buscando aprobación (está claramente sorprendida).
-Parece- dice mi tía.- Pero no, es dura- afirma, y durante el trámite de alcanzarle un mate a mi madre me pregunta “cómo ando”. Es tendenciosa, o viene con eufemismos. Estuve unos días en el Neuro. Recién salgo. “Vieja puta. Bien, por lo menos tengo las dos manos”, pienso.
-Bien- le digo.
-Volviste al restorán- ni pregunta ni afirma.
-No.
-¿Te gustaba, ahí, a vos?
-No.
-¿Y la facu?
-No.
-Qué pena- dice.
-Una tragedia- digo, y la miro. Me mira. Sé que cree que tengo cara de loca (ojos de loca en todo caso). Sacude la cabeza y mira para otro lado. Después se mira la punta de los pies, el regazo. Parece esperar algo. Yo vuelvo a ojearle el muñón. Se lo he visto treinta, cuarenta veces. Perdí la cuenta. Parece la punta de una baguette. Finalmente mi tía se concentra y apunta a mi madre: le reclama el mate.
-¡Si recién me lo das!- se queja mi madre. Luego se mira las manos. En una tiene el mate y en la otra la mano ortopédica. Toma la mano ilícita y me la ofrece. Digo que “no”. La vuelve a su regazo. Entonces apura el mate y me lo alcanza.
-Pasale a la tía- me dice. Agarro el mate y se lo paso.
 -Que calor- dice mi tía. Tiene razón. Resopla y atrapa el cuenco con su única mano. Yo no sé muy bien que debería hacer a continuación y la incertidumbre, siempre amarga para mí, comienza a atormentarme. Para hacer algo miro el cielo, por donde no da el sol, uno, dos, tres segundos, cuando mi visión periférica se ve alarmada por el flanco derecho. Es mi madre, que amaga rasguñarme con la mano ortopédica. Yo muevo la cabeza hacia el costado opuesto del embate, y sin mucho esfuerzo, logro esquivarla. Después me alcanza la mano como corresponde.
-Tomá, pasale a la tía- me dice.
-Pasasela vos, conchuda- le replico. Ella se arquea en el sillón y larga una risita aguda. Se compone. Me mira:
-Vaga, borracha- me dice. Luego se incorpora, amaga por segunda vez rasguñarme, quizá peinarme, con la prótesis. Yo vuelvo a esquivarla, otra vez sin mucho esfuerzo. Ella termina de pasar la mano a mi tía y vuelve a sentarse. Antes me pellizca, fuerte. Después me da plata y me manda a comprar puchos y una botella de caña Legui:
-¡Para echarle un chorrito al mate!- se excusa. Mi tía no dice nada y frunce los labios. A mí me parece una buena idea, y con apuro, gano la escalera.



AROMA A JABÓN

Cristina Validakis

Otra vez ese sueño: la frenada de un vehículo, los golpes en la puerta, los gritos. Ella es pequeñita, su cuerpo es de niña, su voz es de niña; está en su cama, lo sabe, aunque no es la actual, puede ver sus osos, sus muñecas en el estante -sabe que son suyas- y juguetes en el suelo. La luz del velador agiganta las sombras del tamaño del miedo. Se cubre los ojos con la sábana  aún dominada por los vahos del sueño, cuando unas pequeñas manos, casi como las de ella, la sacan de la calidez de las frazadas,  de un tirón. Y luego es arrastrada por un pasillo alto y estrecho hasta el fondo de la casa. Y esas manos pequeñas, pero más fuertes que las suyas, la empujan adentro de un espacio tan reducido y oscuro, como las fauces de un secreto.
     -No te muevas, no hables, pase lo que pase- le susurra en los oídos ese niño, mientras trata de acomodarse a su lado y cerrar la puerta. Ahora sabe que están dentro de un placar, pero la puerta no cierra, algo lo impide. De pronto está sola, la puerta cerrada desde afuera, y el olor del mueble y el encierro, la invade.
Gritos, golpes, llantos, como si de pronto el mundo se derrumbara a su alrededor, cierra los ojos y se tapa los oídos. Pero ese olor… ese olor dulzón, frutado, de las toallas se torna insoportable. Entonces  ese es el momento en que despierta, sudorosa, asustada, temblando, con el aroma aún impregnando sus sentidos.
-       ¿Qué hora es, abuela? - dice Laura tratando de quitarse los restos de esa pesadilla que la persigue desde la infancia.
-       Las ocho corazón, ¿tenés clases hoy?- pregunta poniendo el café con leche en la mesa y unas porciones de pasta frola.
-       Sí, hasta las doce...- responde tomando su desayuno a los apurones-. Y pasaré directo a la oficina, no vendré a almorzar-, finaliza dándole un beso a esa anciana que la ha criado, cuando sus padres desaparecieron. La ha visto achicarse, lentamente con el paso del tiempo, ahora camina a pasos lentos, pero aun así, sigue sirviéndole el desayuno todas las mañanas.
A las nueve ingresa en la clase de Historia de la Facu. La mejor clase, la que dicta Jorge con esa pasión en la sangre, con esa energía emblemática que transmite como si él mismo hubiera sido parte de las historias que cuenta. Jorge, ese profe apenas un poco mayor que ella, pero que parece haber vivido mil años, todas las épocas, todos los hechos. Que parece haber sufrido cien y mil veces los dolores de parir la inexplicable cotidianeidad. Que parece haber llorado por sus pérdidas y haber perdonado y entendido otras tantas caídas y derrotas. Que dice haberle buscado explicación a todos los hechos, habiéndosela encontrado a muy pocos.
Escucha su voz casi sin oírla, pensando qué historia personal lo habrá llevado a ese lugar, a esa pasión. Lo mira con los ojos de la admiración, por ese caudal insuperable de conocimientos y esa insaciable sed por saber los vericuetos ocultos de la historia, las motivaciones secretas de los próceres y los no tan próceres. Ama a ese hombre, piensa, mientras escucha el timbre que finaliza  la hora de clase. Se queda en el banco hasta que todos se van y luego se le acerca con la sonrisa embobada que el amor le dibuja.
-Hola Laura- dice Jorge  mirándola con el mismo arrobamiento-. ¿Nos encontramos en el café  cuando salgas de la oficina? Tengo algo que quiero mostrarte-, agrega mientras guarda sus libros en el maletín. Luego, sorpresivamente y de manera fugaz, la besa en la boca y se ríen mirando a su alrededor, para constatar demasiado tarde, que nadie los haya visto. Y Laura sale apurada, con el corazón saltándole en el pecho como si fuera una adolescente. Tiene más de treinta años, una carrera iniciada a deshora, y este amor que la sorprende y que aún no puede contar a nadie. Tiene todo, y a la vez, no tiene nada, piensa casi con temor y sin saber por qué estos pensamientos la deprimen.
A las seis de la tarde, ingresan en la gran Aula Magna de la Facultad caminando juntos. Salta a la vista, que son una pareja. Tal vez todos lo saben pero nadie lo dice a la espera del anuncio oficial.
-       Esto que has organizado con los chicos de quinto año es especial- le expresa Laura.
-       Un Museo de la Memoria, a los desaparecidos en el Proceso Militar- dice él mostrándole los enormes paneles con fotos que cubren las paredes.
A su alrededor se mueve una marea de jóvenes mirando con horror los rostros de aquellos que otra marea de odio ha convertido en “desaparecidos”.
Un dolor profundo, casi visceral, le sube a Laura desde los pies y le oprime la garganta. Hay familias enteras. Hay rostros de estudiantes, de niños, de madres embarazadas. Rostros… rostros… como el suyo. Normales, comunes. Es imposible imaginarlos desfigurados por el terror, o la tortura.
Y entonces el olor a jabón de las toallas de su sueño se entremezcla con el metálico aroma de las fotos que danzan ante sus ojos. Esos ojos que comienzan a ensancharse  cuando se detienen en una pared. No escucha voces, sólo ese olor y la mano de Jorge señalando una foto desde donde la mira, otra niña con sus mismos ojos. Y se siente correr por un pasillo lleno de otras fotos  de la mano de alguien, de otro niño que la mira atemorizado antes de cerrar la puerta del placar.
-           Te quedaste muda Laura- murmura Jorge, pero ella escucha de esa voz, otras palabras: “No te muevas, no hables, pase lo que pase…”. Y la mano de Jorge sigue señalando la foto donde la niña de sus mismos ojos la mira: -¿Ves Laura? Esa foto que está allí la traje yo. Soy yo y mi hermana. Es el único recuerdo que logré llevarme cuando los milicos asesinaron a mi familia para luego entregarme en adopción. Recuerdo que la tomé del pasillo de la casa y la puse entre mis ropas, no sé por qué, quizás para no olvidar… Para no olvidar que no los pude salvar, ni llevarme conmigo a mi hermanita…
Pero Laura ya no lo escucha. Sólo puede sentir el aroma dulzón del jabón y otra voz lejana, muy lejana que llega a ella desde el pasado, entre el llanto y el terror.
-           Laura, pequeña…- grita su abuela mientras la saca del placar y la abraza. ¿Dónde está tu hermano? ¿Dónde…? ¿Por qué, Laura, por qué, tu hermano, no se quedó escondido contigo en el placar…?














III CONCURSO LITERARIO ZELER-KRAUT, “VIVENCIAS” 2014

Acta del Jurado

En la ciudad de Córdoba, a los treinta días del mes de Setiembre de 2014, se reúne el Jurado designado para el III CONCURSO LITERARIO ZELER-KRAUT, “VIVENCIAS” 2014, integrado por Susana Cabuchi, Martin Cristal y Jorge Felippa, quienes tras considerar los trabajos presentados, resuelven por unanimidad lo siguiente:

Primer Premio: “El Flotador” (seudónimo: Pasajera) N* 109
Segundo Premio: “La estación de trenes” (seudónimo: Mirko Kalu) N* 74
Tercer Premio: “Cábalas” (seudónimo: Nox) N* 5

También por unanimidad, el Jurado resuelve entregar las siguientes “Menciones Honoríficas”, sin orden de mérito:

. “El Aprendiz” (seudónimo: Dora Markus) N* 3
. “Una especie de merienda” (seudónimo: Tricia Takanawa) N* 9
. “Aroma a jabón” (seudónimo: Anisaí) N* 53
. “La Timba. Ese loco berretín” (seudónimo: Dolores de Coxis) N* 106

Abiertos los sobres con los datos de los premiados y mencionados se constata que:

El seudónimo “Pasajera” corresponde a  SUSANA BEATRIZ MOYANO, (de Córdoba, capital).

El seudónimo “Mirko Kalu” corresponde a SILVIA PERASSI, (de Córdoba, capital).

El seudónimo “Nox” corresponde a MARCOS FUNES PERALTA, (de La Falda, Pcia. de Córdoba).


El seudónimo “Dora Markus” corresponde a BLANCA ESTELA BARRIONUEVO (de Córdoba, capital).

El seudónimo “Tricia Takanawa” corresponde a ISMAEL JORGE ORIGLIA, (de Córdoba, capital).

El seudónimo “Anisaí” corresponde a CRISTINA VALIDAKIS, (de Río Tercero, Pcia. de Córdoba).

El seudónimo “Dolores de Coxis” corresponde a MARÍA NOELIA CLEMENTE, (de Córdoba, capital.).




Sin otro tema a considerar, firman el acta:


SUSANA CABUCHI

MARTIN CRISTAL

JORGE FELIPPA


Córdoba, 30 de Setiembre de 2014







jueves, 6 de marzo de 2014

Concursos Literarios ZELER-KRAUT “VIVENCIAS”
III Edición 2014

LA EMPRESA DE INDUMENTARIA MASCULINA ZELER-KRAUT,
CON MÁS DE 40 AÑOS EN EL MERCADO DE CÓRDOBA, ARGENTINA,
DESDE SIEMPRE VINCULADA A LA CULTURA Y LAS ARTES,
INVITA A PARTICIPAR DE LA III EDICIÓN de sus
CONCURSOS LITERARIOS “VIVENCIAS”


Bases

1. Zeler-Kraut SRL convoca al  III Concurso Literario Zeler-Kraut, “Vivencias” 2014, de acuerdo a las siguientes bases:
Podrán participar las personas mayores de dieciocho (18) años, residentes en la ciudad y provincia de Córdoba, presentando una obra original, inédita, no premiada ni presentada simultáneamente en otros certámenes y escrita en idioma castellano. En ella deberá narrarse una vivencia, con una extensión máxima de cuatro folios numerados, escritos en una sola cara de papel, tamaño A4. Cada folio deberá ser presentado en formato Word y en tipo de letra Arial, cuerpo 12, a doble espacio.
Cada autor podrá participar con una obra como máximo. Zeler-kraut SRL se reserva la facultad de adoptar las medidas que estime oportunas para garantizar la autenticidad de los trabajos presentados. Todo trabajo que no cumpla con los requisitos será descalificado.

  1. Los trabajos se presentarán por cuadriplicado. En el exterior de un sobre cerrado, tamaño folio, se anotará: “III Concurso Literario Zeler-kraut, Vivencias 2014”.
En el interior se incluirán las copias abrochadas individualmente y sin imágenes, firmadas con seudónimo y encabezadas por el título correspondiente.
También se incluirá 1 (un) sobre cerrado, en el que figure en el exterior, el seudónimo y el título de la obra. En el interior, una hoja consignando los siguientes datos personales: nombre y apellido, N* de documento, domicilio, teléfono y dirección de correo electrónico.
Asimismo, en este sobre, el participante deberá incluir una nota firmada, en la que declara ser el autor de la obra presentada.

  1. El sobre mencionado en el punto 2 deberá dirigirse a “III Concurso Literario Zeler-kraut, Vivencias 2014”, y será entregado en el local de Zeler-kraut ubicado en la calle 9 de Julio 376 de la ciudad de Córdoba, de lunes a sábado de 10 a 13 hs., o podrá ser enviado por correo certificado a la misma dirección, especificando en el sobre: “III Concurso Literario Zeler-kraut, Vivencias 2014”.
El plazo de presentación finalizará el jueves 31 de Julio de 2014, a las 13 hs. No obstante, se aceptarán todos los envíos con matasellos anterior o igual a esta fecha.

  1. El fallo del jurado, integrado por Susana Cabuchi, Martín Cristal y Jorge Felippa, que tendrá carácter de inapelable, se hará público a principios de octubre de 2014. Oportunamente, se anunciará la fecha del acto de entrega de premios, que se celebrará ese mismo mes, en lugar a convenir.
  2. Se otorgarán 3(tres) premios. El ganador del 1er premio recibirá $ 4.000.- (Cuatro mil pesos); el del 2do premio, $ 2,500 (Dos mil quinientos pesos) y el del 3er premio $ 1.500 (Un mil quinientos pesos). El jurado podrá otorgar menciones especiales, sin orden de mérito, que recibirán un diploma.

  1. Los premios serán declarados desiertos cuando, a juicio del jurado, ninguna de las obras presentadas alcance la calidad mínima exigible.

  1. Los ganadores se comprometen a recibir el premio personalmente o bien por medio de un representante. Para que puedan programar su presencia en el acto de entrega, la organización les informará con suficiente antelación.

  1. Los originales que no obtengan premio no serán devueltos, y se destruirán una vez fallado el certamen.


  1. La presentación de los trabajos a este III Concurso, implica la total aceptación de las bases por parte de los participantes. 

  1.  Toda circunstancia no prevista por estas bases, será puesta a consideración de Zeler-kraut SRL quien tendrá la decisión final sobre la misma, siendo ésta, definitiva e inapelable.

  1.  En caso de que circunstancias imprevistas lo justifiquen, a solo criterio del organizador y sin que éste deba expresar causa alguna, podrá suspenderse o dar por finalizado el concurso, supuestos en los cuales los participantes no tendrán derecho a reclamo alguno. Aún así, de subsistir algún diferendo entre las partes, ésta aceptan desde ya someterse a la jurisdicción de la justicia de Córdoba, con renuncia expresa a cualquier otro fuero o jurisdicción que pudiere corresponderle.

  1.  Cualquier tipo de consulta puede realizarse a: vivenciaszelerkraut3@gmail.com